Iris Peruga

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Mezquindad, ignorancia, ceguera, y aún así... ¡qué maravillosas colecciones tenemos! y, ¿cuál será su futuro?

2002

En Venezuela las colecciones de los museos fueron formadas superando muchas dificultades. Esto me consta específicamente con relación a la colección del Museo de Bellas Artes, decano y único de los museos nacionales durante mucho tiempo, así como a parte de la colección de la Galería de Arte Nacional, ya que fui testigo de esta actividad en una etapa en la que aunque ya era difícil adquirir obras de arte de categoría debido a los precios que habían alcanzado en el mercado internacional (y nacional), todavía se podía conseguir de vez en cuando una que otra obra importante para las colecciones.

 Una de las dificultades, tal vez la mayor, estribaba en que el gobierno de este país (todos los gobiernos de este país, a decir verdad) han ignorado la importancia que tiene la cultura en la vida de la población y han desestimado sistemáticamente la formidable capacidad de cohesión social que brinda. De modo que han sido muy mezquinos cuando se trata de asignar fondos a los museos, y más cuando los fondos son destinados a la adquisición de obras de arte.

Eso sucedió desde el momento mismo en que se iniciaron las colecciones del Museo de Bellas Artes. Prueba fehaciente de ello es la exposición presentada hasta hace poco (enero-abril, 2005) en ese mismo Museo, Coleccionismo I, dedicada, precisamente, a mostrar las primeras obras que fueron adquiridas para sus colecciones. En especial las obras europeas en esa exposición son, casi sin excepciones, no sólo prueba de esa falta de generosidad para adquirir buenas obras para las colecciones sino testimonio indudable de una acusada falta de conocimiento sobre el arte. Probablemente en la Venezuela del siglo XIX la formación de los diplomáticos o funcionarios, así tuvieran entre sus obligaciones la escogencia de obras para las futuras colecciones, carecía en general ―posiblemente  debido a la falta de museos en nuestro país― de conocimiento y capacidad para la apreciación crítica del arte. Todas obras académicas, su academicismo es torpe y mal comprendido. Más que trabajos realizados por maestros parecen ejecutados por principiantes. No sabemos si fue debido a esa falta de calidad que el gobierno venezolano se negó a pagarlas, tal como se nos dice en el catálogo (que acaba de ser publicado); en todo caso, estéticamente esas obras tenían muy poco valor.

Adquirir obras de arte para colecciones públicas, donde quiera que sea, requiere siempre la existencia de una comisión cuyos integrantes además ser profesionales con buen fundamento en la materia del arte tengan una calidad moral muy acendrada, para que puedan decidirse por aquellas obras que mejor convengan a las colecciones sin ningún tipo de compromisos o ataduras.

Aparte de ello, para formar colecciones públicas hay que tener buenos conocimientos de la historia del arte del período o colección que se está formando, es decir, saber los parámetros artísticos, estéticos o éticos que rigen en cada período. Por ejemplo, no es igual la estética que regía para la modernidad que la que rige para la posmodernidad. Y, dentro de ello, ver que obras cumplen mejor con esos parámetros. Aparte, hay que conocer muy bien los precios del mercado, y las obras de mejor calidad dentro de ese mercado, así como lo que contiene y lo que le falta a la colección que estamos formando.

Entre 1938 y 1956, a diferencia de otros museos de bellas artes de América Latina, donde también fueron instaladas esas exposiciones llamadas de Antiguos Maestros (cuyas obras provenían de familias arruinadas en Europa después de la Segunda Guerra Mundial)[1], y que hicieron muy buenas adquisiciones, la proverbial mezquindad del gobierno en Venezuela hizo que no siempre se adquirieran las mejores obras, sino las menos costosas, por lo que, salvo excepciones, muchas de las que quedaron en nuestra colección son de calidad bastante regular. Ante la tacañería del Estado, el Museo de Bellas Artes (único en la época) tuvo que recurrir a otras formas de adquisición para poder enriquecer su acervo.

Por ello fueron tan oportunas e inteligentes las decisiones de Miguel Arroyo, cuando, recién llegado al Museo y sabiendo que en la Gran Bretaña y en otros lugares de Europa estaba surgiendo una importantísima escuela nueva de escultura y habiendo advertido que la escultura se cotizaba a precios más asequibles que la pintura decidió formar una colección de escultura (fue entonces cuando llegaron a la institución piezas tan importantes como La Visitación, de Epstein, Figura reclinada, de Moore y El Sacrificio, de Lipchitz y La ciudad, de Calder) [2], y más tarde, cuando advirtió que ya era imposible (por lo alto de sus costos) seguir adquiriendo obras de pintura de los siglos anteriores al XX, decidió crear una colección de dibujos y estampas de esos mismos siglos (cuya calidad sería ocioso describir), a costos mucho menores. Precisamente, entre julio y octubre de 2003, en la exposición Iluminaciones, se decidió mostrar esas obras junto con las obras pictóricas, y se vio que cumplían maravillosamente el objetivo de trazar una breve historia del arte europeo con pocos pero muy bien escogidos ejemplos, cosa que se debe a la pericia con que Miguel Arroyo formó las colecciones del Museo de Bellas Artes [3].

La de Arroyo fue una etapa brillante en la historia del Museo de Bellas Artes. Como suele pasar cuando el ejemplo es bueno, los curadores que vinieron después hicieron todo lo posible por emularlo. De ahí que, después de superadas esas etapas iniciales en las que además de carencia de recursos económicos se carecía también de conocimiento y criterio para la adquisición de obras, el Museo pudo contar con personal bien calificado (se había abierto en el país la posibilidad de formación en historia del arte y museología) y obtuvo muy buenos resultados en la formación de sus diferentes colecciones: de arte latinoamericano, de dibujo, estampa y fotografía, de arte tridimensional, de nuevas proposiciones (arte producido mediante nuevos medios y lenguajes) y obtuvo además importantes donaciones tanto de los artistas como de los coleccionistas (como la Colección Cubista) de modo que, finalmente, las colecciones formadas son excelentes.

Ahora que se han liquidado los museos ¿qué pasará con ellas? Esas obras (incluyendo las que hoy se encuentran en la Galería de Arte Nacional, y representan lo mejor de la modernidad en Venezuela), que fueron adquiridas una a una tras estudios cuidadosos a los cuales Miguel Arroyo y parte de su equipo dedicó lo mejor de su esfuerzo y su conocimiento, tienen un futuro incierto. Tal como Arroyo temía y había advertido con su tino habitual, esta situación tuvo su precedente a mediados de los setenta, cuando el gobierno decidió usar su autoridad para decretar que la colección venezolana (formada por el Museo de Bellas Artes desde sus inicios) fuera entregada a la Galería de Arte Nacional, con la idea de crear un museo de arte venezolano exclusivamente, en lugar de conceder a esa nueva institución un presupuesto generoso para que pudiera formar sus propias colecciones, mediante la adquisición de las obras venezolanas dispersas por todo el territorio, tal como se anunció para justificar la decisión de crearla.

La condición de bienes nacionales para las colecciones de los museos (con lo cual se pretendió por primera vez en el país que éstas no eran de los museos sino del Estado) surgió precisamente en esas mismas fechas para poder ejecutar la decisión de entregar a la Galería de Arte Nacional las colecciones formadas por el Museo de Bellas Artes. Y bien, a pesar de lo poco que el Estado invirtió, ¿qué error puede haber en ello? Si los Museos en Venezuela son del Estado es lógico que las colecciones lo sean. Pero, eso sí, los museos deben ser del Estado siempre con sus colecciones como un bloque, como un conjunto inalienable. Y, además, con su personal especializado, con sus espacios de depósito para cuidarlas y protegerlas, con su perfil institucional, con sus bibliotecas, sus archivos y sus centros documentales, es decir con su memoria, con su propia historia.

Ahora, como antes, el Estado, propietario de todos los museos del país, está demostrando que no le interesa invertir en las colecciones de los museos, a pesar de los recursos con que cuenta en la actualidad. En lugar de contribuir al enriquecimiento cultural de toda Venezuela otorgando a los museos de la provincia los recursos necesarios para la adquisición de sus propias colecciones según sus perfiles, parece que se piensa que las diferentes colecciones formadas por los museos de Caracas serán una única y gran colección a la cual vendrán a abrevar todos los museos venezolanos ―de donde quiera que sean y donde quiera que estén― sin tomar en cuenta, incluso, los riesgos que implica la movilización de obras en un país de clima inestable, de inundaciones frecuentes, de vías defectuosas, de instituciones no convenientemente climatizadas [4].

Por ello, lo que nos queda ahora es vigilar para que las obras de las colecciones públicas, adquiridas para el disfrute y formación de los venezolanos de hoy y del futuro, no se vayan a perder ni a dañar. Tal vez, además de la necesidad de que nos convirtamos todos en vigilantes sin museos que vigilar y conservadores sin taller de conservación, tendríamos que pedir a la directiva de ese ente sin personalidad propia (ya que no tiene colecciones propias, ni perfil museístico, ni personal capacitado para el trabajo en los museos) y que se llama Fundación Nacional Museos de Venezuela, que haga públicos los préstamos de obras, de modo que podamos seguir el rastro de cada una de ellas donde quiera que estén. Como venezolanos, y ya que las colecciones fueron formadas para nuestro uso y disfrute, tenemos pleno derecho a ello.

Cerramos con nuestra idea inicial: los diferentes gobiernos de Venezuela no sólo fueron siempre tacaños para concederle recursos a la cultura, sino que, además, fueron ciegos. Nunca advirtieron cómo podrían haberse multiplicado esos recursos de haber sido otorgados a los museos, y no sólo en lo económico [5], sino en crecimiento espiritual, en conocimiento, en educación, en cultura.


Notas

[1] Véase nota de Figarella, Mariana, 1985, en Peruga, Iris: MBA, Cincuentenario. Una historia, Museo de Bellas Artes, Caracas, 1988, p. 28.

[2] Arroyo, Miguel:  Panorama de las artes plásticas, en diario La República, 1969?

[3] Véase el folleto de la exposición Iluminaciones 1, Colección MBA, julio-octubre, 2003

[4] Hay que tomar en cuenta que si no la principal, una de las más importantes obligaciones que han asumido los museos es la conservación.

[5] Arroyo, Miguel: Panorama de las artes plásticas, en diario La República, 1969?